El compositor posclásico, artista sonoro y curador Matthew Patton regresa con su segundo álbum como Those Who Walk Away. Afterlife Requiem es una elegía al amigo y colaborador Jóhann Jóhannsson. Drones, electroacústica y casi silencios extraídos de grabaciones inéditas en los discos duros de Jóhannsson sustentan dos quintetos de cuerdas —Ghost Orchestra (Reykjavík) y Possible Orchestra (Winnipeg)— procesados y borrados en una obra duracional y doliente. Patton vuelve a trabajar con Andy Rudolph (Guy Maddin) y Paul Corley (Sigur Rós, Ben Frost) en coproducción y diseño sonoro para forjar una fisicalidad hirviente que contrapone un bajo turbulento con movimientos de cuerdas fantasmales.
“Todo lo que he escrito es un Réquiem. Todo es un final. La muerte está embadurnada en esta música. Mi trabajo trata sobre la desaparición —del presente, del pasado, de todo. Afterlife Requiem se vuelve más y más lento a lo largo de su duración; es un enorme ritardando: el tiempo no solo se desacelera, desaparece. Sin pensarlo, dos tragedias relacionadas surgieron y afloraron de forma orgánica mientras escribía, grababa y trabajaba: la muerte de mi madre y la del compositor y amigo Jóhann Jóhannsson. Cuando empiezo a escribir no pienso en nada en particular; simplemente escribo, compongo, grabo y escucho... pero algo siempre se hace evidente o se impone de manera inesperada. Tras la muerte asistida médicamente de mi madre, al vaciar su piso, me di cuenta de que también estaba borrando la manifestación física de su mundo —y que estaba haciendo exactamente lo mismo con la música que estaba escribiendo y grabando. Durante ese tiempo, la muerte de Jóhann también se hacía presente continuamente.
Para Afterlife Requiem he tomado fragmentos cortos y abandonados de los discos duros de Jóhannsson y he colocado estos fantasmas de audio desbodados en secciones alternas dentro de mi propia música, dejándolos impuros—y, en el proceso, difuminando la distinción entre hacer y deshacer. Tras su muerte, me entregaron esos discos duros del estudio de Jóhannsson en Berlín para que los escuchara. Esta música estaba abandonada, en varios estados de formación y disolución: un índice de recuerdos podridos y muertos, olvidados y ahora existiendo solo dentro de una serie de piezas mecánicas entrelazadas que con el tiempo también fallarán y desaparecerán, como todo lo demás. Durante meses escuché obsesivamente estos restos de la música de Jóhann tratando de descubrir pistas sobre él antes de morir. Muchas veces encontré que dejaba el dispositivo de grabación funcionando mucho después de que la música registrada hubiera acabado. Parecía no advertir que la música había cesado o no registrar que aquello era el final, o quizá se había distraído por otra cosa. Pero hallé esos largos silencios profunda y conmovedoramente emocionales.
Las elegías de desaparición de Afterlife Requiem no son tanto música como los restos de la música. Así trabajo siempre hacia la sustracción de significado. La música es distante y difusa, dañada, espectral y encantada, insinuando apenas como un recuerdo medio olvidado de lo que una vez existió; una representación condensada de la descomposición y el borrado. He subyacido toda esta nueva pieza, de principio a fin, con esos silencios desencarnados del propio trabajo, espacio y tiempo de Jóhann. Ahora para siempre ausente, su silencio grabado permanece; una monumental vacuidad perdida para el mundo. A lo largo de la pieza, y especialmente en las secciones tituladas ‘Memorial Environment’, incorporo además innumerables sonidos del mundo natural, desde lava volcánica hasta montacargas, flujo sanguíneo humano, siseo de turbinas y jeringas de suicidio.
El artista Robert Smithson dijo hace décadas: ‘Es la dimensión de la ausencia la que queda por ser encontrada’. Para mí, esta música también mide cómo se agota el tiempo. De hecho, el tiempo ya se ha acabado. La eternidad ya ha comenzado.”
– Matthew Patton (Those Who Walk Away)